La tarde se deslizaba lentamente hacia el anochecer en casa de Lucía, donde el aire olía a peonías frescas y a spray fijador. La habitación estaba decorada con luces cálidas, un espejo de cuerpo completo y una mesita llena de maquillaje, joyas y cepillos. Nelly, sentada frente al tocador, observaba su reflejo con una mezcla de nervios y determinación.
Lucía, de pie a su lado, hacía los últimos retoques al peinado: ondas suaves que caían sobre los hombros con un aire de glamour despreocupado. En