El reloj marcaba las cinco con dieciocho minutos. El aire dentro de la mansión estaba tibio, perfumado con la fragancia tenue de las flores que adornaban el recibidor. A lo lejos, el canto agudo de un mirlo se colaba por los ventanales entreabiertos del salón principal. Nelly cerró el libro con un suspiro, dejando escapar el leve olor a papel envejecido y tinta.
No había logrado leer más de una página.
Sus pensamientos, lejos de calmarse, se agitaban con más fuerza que antes. La visita repentin