La expectativa no me ha dejado dormir tanto como quisiera y los dioses del tráfico han sido benévolos hoy. Por eso, al llegar al colegio, mi reloj apenas marca las 6:07. El aire aún conserva el frío de la noche y, tras la colina que marca el límite del campus, el cielo sigue poblado de ovejitas rosadas. Solo la naturaleza rompe el silencio de un colegio que debería estar completamente vacío.
Y sin embargo, la luz de mi salón ya está encendida.
Suspiro, sonrío y niego con la cabeza. Sé perfectam