La Manzana Eterna"

Cincuenta años después de la primera grieta controlada.

La colina se había convertido en un lugar sagrado. No solo para la familia Voss-Sol, sino para miles de personas que acudían cada año a rendir homenaje al legado del CEO y la Indomable. Habían construido un pequeño anfiteatro al pie del viejo roble, donde se contaban historias, se compartían experiencias y se recordaba que el amor puede derribar imperios.

Lira III, de veintiocho años, estaba de pie en el centro del anfiteatro, frente a cientos de personas. Era la imagen viva de su bisabuela: cabello negro salvaje, mirada desafiante y una presencia que llenaba el espacio.

—Hoy celebramos setenta y cinco años desde que una mujer entró desnuda en la torre más alta del mundo —dijo con voz clara y poderosa—. No entró para conquistar. Entró para destruir. Y en lugar de destruir, creó. Creó una familia. Creó un mundo mejor. Creó un legado.

Entre el público estaba su madre, Lira II, quien la observaba con lágrimas de orgullo. A su lado, Kai y Luna, ya ancianos pero aún tomados de la mano. Nova había fallecido hacía diez años, pero su espíritu se sentía en cada rincón de la colina.

Después del discurso, Lira III bajó del escenario y se acercó a su pareja, un joven híbrido llamado Theo. Se besaron con la misma pasión que sus bisabuelos.

—Estuviste increíble —le susurró él.

—Solo repetí lo que ellos nos enseñaron —respondió ella.

Esa noche, la familia se reunió en la casa principal. El salón estaba lleno de fotos, hologramas y objetos antiguos: la manzana preservada, el reloj de Kael, una camisa negra de Lira que nunca nadie se atrevía a lavar.

Lira III se acercó a su bisabuelo Kai, quien ahora usaba bastón pero conservaba la mirada intensa.

—Abuelo… ¿alguna vez te arrepentiste de abrir esa primera grieta?

Kai sonrió con nostalgia.

—Nunca. Porque gracias a eso te tengo a ti. A todos vosotros.

Más tarde, cuando todos dormían, Lira III subió sola hasta la antigua torre. Se sentó en el mismo escritorio donde todo comenzó y sacó una manzana fresca del bolsillo.

—Mamá Lira… —susurró—. Si estás escuchando… gracias. Por enseñarme a no tener miedo. Por mostrarme que una mujer puede cambiarlo todo.

Mordió la manzana.

En el plano eterno, Lira Sol sonrió y apretó la mano de Kael.

—Está lista —dijo.

Kael asintió.

—Todos lo están.

De repente, una luz dorada envolvió a Lira III. No era una visión. Era real. Frente a ella aparecieron sus bisabuelos, jóvenes y radiantes.

Lira se acercó y la abrazó.

—Hola, mi niña. Has crecido hermosa.

Lira III se quedó sin aliento.

—¿Esto es real?

—Tan real como el amor que sentimos por ti —respondió Kael, poniéndole una mano en el hombro—. Queríamos que supieras que estamos orgullosos. Muy orgullosos.

Pasaron horas hablando. Lira y Kael le contaron detalles que nunca se habían compartido con nadie. Le hablaron de sus miedos, de sus risas, de las noches en que hicieron el amor mientras el mundo ardía afuera.

Antes de irse, Lira le entregó una semilla dorada.

—Plántala en la colina. Crecerá un árbol que dará manzanas eternas. Un símbolo para que nunca olviden que el amor siempre encuentra la forma.

Cuando la luz se desvaneció, Lira III se quedó sola en la oficina, con lágrimas en los ojos y una sonrisa en los labios.

Al día siguiente plantó la semilla exactamente donde el viejo roble seguía creciendo fuerte.

Años después, ese nuevo árbol dio sus primeras manzanas. Y cada vez que alguien mordía una, sentía una pequeña chispa de rebeldía y amor en el pecho.

El ciclo continuaba.

Generación tras generación.

El CEO y la Indomable no eran solo una historia.

Eran un sentimiento.

Una forma de vivir.

Y mientras hubiera alguien dispuesto a desnudar el alma por amor…

…su llama seguiría ardiendo.

Eternamente.

La semilla dorada que Lira III plantó creció con una velocidad casi mágica. En solo tres años se convirtió en un árbol robusto y hermoso, con hojas que brillaban suavemente bajo la luz de la luna. Sus manzanas eran doradas, perfectas y siempre dulces, sin importar la estación.

Cada aniversario, la familia se reunía bajo ese árbol. La tradición había evolucionado: ahora no solo contaban la historia, sino que cada generación añadía su propio capítulo. Kai contaba cómo cruzó la grieta con Luna. Lira II relataba la noche en que estabilizaron el portal. Y Lira III hablaba de la vez que vio a sus bisabuelos con sus propios ojos.

Una noche especial, cuando la familia estaba reunida bajo el árbol, Lira III se levantó y miró a todos.

—Hoy cumplo treinta y tres años —dijo—. La misma edad que tenía la bisabuela cuando conoció al bisabuelo. Y he decidido algo.

Todos guardaron silencio.

—Voy a escribir nuestra historia completa. No como leyenda. Como verdad. Con todos los detalles: las batallas, los besos, las lágrimas, las noches de pasión y las mañanas de miedo. Quiero que las futuras generaciones sepan que no éramos perfectos. Éramos humanos… o algo mejor que humanos.

Nova, ya muy anciana, sonrió desde su silla.

—Tu bisabuela estaría orgullosa. Ella siempre odió las versiones edulcoradas.

Esa misma noche, después de que todos se retiraran, Lira III se quedó sola bajo el árbol. Sacó una manzana dorada y le dio un mordisco.

—Bisabuela… si me estás escuchando, quiero que sepas que no tengo miedo. Voy a contar tu historia tal como fue: salvaje, imperfecta y absolutamente hermosa.

Una brisa cálida la rodeó. Por un instante, sintió el aroma familiar de Lira y la presencia protectora de Kael.

Lira III sonrió.

—Gracias por todo.

En el plano eterno, Kael y Lira observaban la escena tomados de la mano.

—Nuestra niña ha crecido —dijo Lira con emoción.

Kael besó su sien.

—Todas lo hicieron. Y seguirán haciéndolo.

Lira se giró hacia él y lo miró con esa intensidad que nunca había disminuido.

—Después de todo este tiempo… ¿todavía me amas igual?

Kael la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí.

—Te amo más. Porque ahora sé exactamente lo que significa tenerte. Y lo que significa perderte.

Se besaron bajo la luz eterna de su plano, dos almas que habían desafiado la muerte, el destino y el universo entero.

Mientras tanto, en la colina, Lira III regresó a la casa y abrió su ordenador. Escribió el primer título:

“El CEO y la Indomable”

Debajo, la primera línea:

“Todo comenzó con una mujer desnuda comiendo una manzana en lo alto de una torre…”

La historia continuaba.

No en palabras.

Sino en vidas.

En amores.

En rebeldías.

Y en manzanas doradas que nunca dejaban de aparecer.

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