Nicolás se encontraba solo en su despacho, con la luz de la lámpara iluminando tenuemente la habitación. Desde que Helena había salido del cuarto, dejándolo con sus pensamientos, no había logrado concentrarse en nada. Las palabras de su esposa, llenas de verdad, lo habían dejado con el corazón apretado. La culpa y la incertidumbre lo asfixiaban, y no podía dejar de mirar la pantalla de la computadora, donde las noticias sobre la prosperidad de su antigua vida en la ciudad lo tentaban, llamándol