Zaldívar se levantó de su silla con la misma serenidad fría que lo había caracterizado durante todo el encuentro. Caminó hacia la puerta, dando una última mirada a Nicolás, quien aún permanecía atado a la silla, agotado y confuso. Valeria lo seguía de cerca, con una mezcla de incertidumbre y descontento reflejada en su rostro.
—¿Ya está? —preguntó ella, impaciente, mientras trataba de leer las intenciones en el semblante inescrutable de Zaldívar—. ¿Así de fácil lo dejas ir?
Zaldívar se detuvo p