Albert conduce hasta la mansión, está realmente decepcionado y frustrado por el papel de imbécil que acababa de hacer.
—¿Cómo pude creer que eras diferente, joder? ¿Por qué, Antonella, por qué me enamoré de ti? Maldita sea —golpea el volante una y otra vez.
La impotencia, la rabia y el dolor convergen dentro de su pecho. Se siente golpeado en no sólo en su orgullo sino en su propia hombría.
—Pero no volverás a hacerme daño, voy a sacarte de mi vida, así sea lo último que haga —dice y pisa