Capítulo 17. Almuerzo roto y ojos de huevo
FERNANDA
El cuerpo humano es una máquina maravillosa, pero el mío en particular tiene una maestría en el arte de ignorar las responsabilidades mundanas cuando se trata de dormir.
Cuando abrí los ojos, desorientada por completo, la luz del Mediterráneo entraba a raudales por el enorme ventanal, iluminando las sábanas de seda beige de una manera casi angelical. Parpadeé un par de veces, buscando mi teléfono entre las mantas. Cuando la pantalla se encendió, casi me da un infarto. Eran las dos de l