86. Llamado del instinto
La mañana en Cárselin amaneció nublada, pero no llovía. El cielo gris se reflejaba en las piedras húmedas del sendero central, y el bosque al borde del valle murmuraba con ramas inquietas, como si el viento trajera algo que aún no sabía nombrarse.
Raven ajustó el cuero de su cinturón y echó un vistazo a los tres jóvenes licántropos que lo rodeaban. Habían salido a cazar. No por necesidad urgente, sino como parte de la vida en la aldea: todo se compartía, todo se aprendía juntos. Pero algo en él