Cuando Fannie llegó a casa, vio que Nate ya no estaba en el sofá, así que fue de habitación en habitación llamando su nombre, y no fue hasta que llegó a la cocina cuando lo encontró. Llevaba un delantal atado a la cintura, sostenía un trapo en una mano y una fregona en la otra. Fannie lo miró, confundida.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó—. ¡Más vale que no haya vuelto a casa para nada!
—¿Qué crees que estoy haciendo? —siseó Nate—. ¡Esta casa es un desastre, y el desastre es todo tuyo! ¡Hay maqui