Entre coches y más coches que se le vinieron encima, tardó cinco minutos en alcanzar la camioneta. La divisó aparcada a unos metros de distancia.
En aquel instante, se detestó por no hacerle caso a su primo William de andar consigo una pistola para protección.
Descendió del auto y caminó a paso firme hacia los agresores.
—¡Bajen de la maldita camioneta! —les gritó, situándose frente al cofre de esta.
Y sin pensarlo dos veces, abrieron la puerta del copiloto y bajó un sujeto de rasgos fuertes y