Pronto volvimos a su departamento, los dos con aire taciturno y deprimente. Todavía no sabía que iba a pasar la noche bajo el mismo techo que él, para casarnos al día siguiente en privado.
—Keith Richards no fue a la cena—dije.
—Él no estaba invitado.
—Pero él me dijo que sí asistiría y no me dejaría sola—repliqué, mirándolo.
—Bien, lo invité a la cena, pero mis padres se opusieron—elevó los ojos al techo con rigidez—ellos no toleran tener extraños a la familia en la misma mesa.
Asentí, compren