Y segundos después, las observé marcharse con la nariz elevada, como si estuvieran negándose a mirar siquiera el suelo al caminar. Menudas ridículas y estúpidas ancianas.
No obstante, tampoco podía estar aliviada, porque me hallaba aún con el peor lobo de la manada: William Flynn. Él estaba limpiándose la nariz con la servilleta sin apartarme la mirada de encima del otro lado de la enorme mesa. Adele también estaba ahí, pero no podíamos hablar animadamente. Así que me acerqué a ella y sonrió a