En vez de decirle algo al respecto, pasé por su lado, dirigiéndome hacia la puerta, con la intención de marcharme. Nuestra conversación había concluido y no podía perder más el tiempo.
Empero, sentí su mano sobre mi antebrazo, deteniéndome abruptamente.
Volví la cabeza para verlo y fruncí el ceño. Él me miraba de hito en hito, calculando el terreno.
—Quítame la mano de encima—ladré y traté de zafarme, pero fue imposible.
—Nunca me han dicho que no—me informó con voz oscura y autoritaria, pret