La mañana llegó en silencio, como si temiera interrumpir algo.
Mia despertó antes de que la luz se asentara por completo. El techo le resultaba desconocido, el aire olía levemente a café y lluvia. La habitación de invitados de Derek estaba ordenada—él siempre era demasiado ordenado—como un lugar en el que nadie se quedaba el tiempo suficiente para dejar huella. Su cuerpo se sentía pesado. No cansado—cargado. Como si la noche hubiera incrustado verdades en sus huesos y se negara a llevárselas.
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