Tres días.
Eso fue todo lo que le tomó a la verdad arrastrarse fuera de la oscuridad y sentarse a su lado como algo vivo.
Mia no había dormido bien desde que regresó a Inglaterra. El sueño llegaba en fragmentos—cortos, superficiales, rompiéndose en el momento en que cerraba los ojos. Cada vez que lo hacía, veía lo mismo. La sonrisa de Allen. Copas de vino chocando. Su propia voz, ligera e inconsciente, preguntándole a Allen si quería más postre.
Cenas familiares, almuerzos de negocios, afecto c