El trayecto se sintió más largo de lo que debía.
No por la distancia, sino porque nadie rompía el silencio.
Derek conducía con ambas manos firmes en el volante, la mirada fija al frente, como si la carretera pudiera darle respuestas. Chris estaba en el asiento del copiloto, inmóvil, ilegible. Mia iba atrás, con la frente apoyada ligeramente contra el vidrio frío, observando cómo Londres pasaba en fragmentos de gris, piedra y movimiento.
Nadie hablaba.
El zumbido del motor. El suave clic del int