Derek se dejó caer en la silla de cuero, pasando una mano por su rostro. El cielo gris de Londres presionaba contra la ventana, y el murmullo del tráfico lejano se filtraba en la habitación como una acusación silenciosa. Se recostó, entrelazando los dedos, la mirada desviándose hacia el escritorio desordenado, donde los papeles que había evitado durante semanas yacían medio apilados.
"No sé si puedo hacer esto," dijo en voz baja. Su tono no era solo duda—era miedo, frustración y algo más pesado