La sala de espera no parecía una sala en absoluto.
Se sentía como una respiración contenida.
Chris había contado las baldosas del suelo dos veces. Los paneles de luz del techo una vez, luego otra, solo para asegurarse de que no se habían movido mientras no miraba. Se había sentado. Se había levantado. Se había apoyado contra la pared hasta que el frío atravesó su chaqueta y se le metió en los huesos.
Nada se calmaba.
El aire olía fuerte—limpio de la manera en que siempre huelen los hospitales,