Las luces de la sala de conferencias habían estado encendidas desde la mañana.
Para la última hora de la tarde, el resplandor había adquirido esa extraña cualidad artificial que surge tras horas de zumbido fluorescente y café rancio. Más allá de la pared de cristal, el cielo había comenzado su lenta transición hacia el anochecer, y los edificios al otro lado de la avenida atrapaban los últimos destellos pálidos de luz.
Dentro de la sala, los documentos se habían apoderado de todas las superfici