—Una perra de verdad tiene que dar la conchita y sin quejarse. Pero tranquila, voy a hacer que esta conchita suplique por mi polla dentro de ella. La polla de su dueño —digo, con la voz ronca.
Empiezo a meter en un vaivén enloquecido, sujetándola por la cintura. Ella ya no llora, pero intenta ahogar sus gritos en la cama. Sus manos aprietan la sábana. Con una mano, la tiro por la cintura; con la otra, masajeo su conchita.
—Vas a correrte en mi polla, ¿verdad, zorra? —pregunto, con la voz provoc