—Puedes ir quitándote esa mierda —digo, con la voz seca.
—Ah, no. Este está bien —se gira hacia mí, con una mirada desafiante.
—Quítatelo, Isabella. Te lo estoy ordenando, joder —mi voz sube, con autoridad.
—¡Ay, qué fastidio! —refunfuña, pero comienza a quitarse el vestido.
—¡Quítate esa mierda ya! —ordeno, con la voz firme.
—Vale, me lo quito. ¿Satisfecho? —obedece, vistiendo unos vaqueros y una blusa más recatada, con cara de descontento.
—Mucho mejor —digo, con una sonrisa de satisfacción.