Llego lo suficientemente cerca para oír la conversación.
—Estoy casada, y muy bien casada —oigo la voz de Isabella, firme y clara. —No tengo ningún interés en traicionar a mi marido. No se lo merece. Y además, es bravo. Mejor aléjate de mí.
—No le temo a los bravos —dice el tipo, con una sonrisa presuntuosa. —¿Y dónde está él, que no lo veo?
—Solo tienes que girarte y lo ves —digo, apareciendo detrás de él.
Isabella me mira asustada.
—¿Amor? Puedo explicártelo —dice ella, con la voz temblorosa.