—Te llevo hasta la puerta, entonces —digo, con la voz educada.
—Vamos —asiente él.
Dejo a Bruninho jugando con los otros y voy con Ernandes hasta la puerta. La noche está preciosa, el cielo lleno de estrellas.
—Gracias por la invitación, hija —dice él, con la voz emocionada. —Ha sido muy bueno estar aquí.
—Gracias por venir —respondo, con la voz igualmente emocionada. —Y vuelve siempre, ¿vale? Siempre eres bienvenido aquí.
Me abraza, y siento la sinceridad en su gesto.
—Adiós, hija —dice él, co