—¡Davi! ¡No! —grité, agarrando su mano.
—¡¿Qué he hecho?! ¡No he hecho nada! —mintió Pedro, pálido de terror.
—¡Has puesto la mano en mi mujer delante de mí, desgraciado! —Davi levantó el puño cerrado, listo para asestar un puñetazo que sin duda destruiría la cara del viejo. —¡¿Has perdido el amor a la vida?!
—¡Mi marido no ha hecho nada! ¡Suéltalo! —gritó Joquebede desde arriba de la escalera.
—¡Amor, por favor! ¡Por Bruninho! —me metí entre Davi y el viejo, pegando las manos en el pecho de mi