—Oye. ¿Dónde pensáis que vais? —pregunta el tío, con la voz tan grave que hace temblar el suelo.
—Venimos a hacer la limpieza rutinaria de la habitación del chico —digo, esbozando mi mejor sonrisa de pobre.
—No hace falta. La habitación ya está limpia y el cliente está descansando —corta él, seco.
—Ah, pero creo que ha quedado un poco de polvo en la esquina... podría echar un vistazo rápido —insisto, intentando dar un paso a un lado.
—Estoy seguro de que no ha quedado nada —cruza sus brazos gig