12 horas después...
Doce horas ininterrumpidas de combate urbano. Doce horas de olor a pólvora, sangre, sudor y gritos. Pero la doctrina del BOPE es clara: solo paramos cuando la misión está cumplida y el enemigo en el suelo.
Voy avanzando por el callejón principal, con el fusil pegado a la cara. Veo a un traficante escondido detrás de un muro de ladrillo. Apunto con precisión quirúrgica a su ojo y aprieto el gatillo. El hijo de puta cae seco.
En el mismo segundo, siento un desplazamiento de ai