Sin decir una sola palabra, me quito la camisa, la tiro al suelo y me agacho junto a Alice en la ducha. Extiendo mis brazos abiertos hacia Bruninho. El niño deja de llorar por un segundo, me mira con esos ojos castaños enormes y llenos de hesitación. Mira a Alice, que asiente con la cabeza, y luego, como si un chispazo de confianza divina ocurriera en su cabeza, Bruninho se lanza a mi pecho.
Me abraza con una fuerza increíble para su tamaño, enroscando sus piernecitas en mi cintura y clavando l