— Ay, mi vida... no te pongas así de triste, por favor —me abraza con cariño, acariciándome el pelo.
— ¿Y mis niños? ¿Qué ha sido de mis pequeños? —pregunto, y mi voz sale entrecortada de llanto.
— No sabría decirte con certeza... —Fernanda duda por primera vez, sopesando las palabras. — En realidad, Alice... necesito contarte OTRA cosa. Y esta es mucho más peluda.
— Entonces dímelo de una vez, Fernanda, antes de que tenga un colapso nervioso aquí en este banco —digo, intentando contener la ans