En ese momento, el clima seguía igual: un silencio sepulcral, roto únicamente por el eco distante de los truenos. Diego permaneció en silencio, su rostro habitualmente severo, ahora pálido e inexpresivo.
Se sentía confundido, dándole la razón a Lolita en sus palabras. Había tratado a Lolita según sus propios deseos, sin comprender sus sentimientos. Creía que mantenerla sumisa era lo más seguro, pero se había convertido en un boomerang para él.
"Lolita...", cuando Diego intentó hablar, se oyó un