En una tranquila tarde, Amaris se encaminó hacia la habitación donde descansaban sus recién nacidos, llevando consigo el suave tintineo del amuleto ancestral que colgaba de su cuello. El cuarto estaba lleno de una suave luz, filtrándose por las cortinas y acariciando las delicadas facciones de sus hijos que dormían plácidamente en la cuna.
Al acercarse, Amaris observó con amor cada pequeño rostro, sintiendo una mezcla de alegría y melancolía. La llegada de los bebés había traído luz renovada a