En la cálida penumbra de la casa familiar, los tataranietos se sumergían en la riqueza de las historias que las paredes atesoraban. La arquitectura ancestral, una sinfonía de madera y piedra que susurraba secretos del pasado, se convertía en la base firme donde los jóvenes exploraban su propio legado. En cada rincón, los muebles desgastados por el tiempo y los objetos de antaño contaban cuentos silenciosos de momentos que habían resistido la prueba del tiempo.
La biblioteca, un santuario del co