Enzo sigue con su mano sobre mi boca y no parece dispuesto a liberarme. Me aprieta contra su cuerpo en ese pequeño espacio que parece ser un almacén. Está tan cerca que siento el calor de su cuerpo, tan solo de tenerlo así, ya me hace sudar.
Como no lo veo dispuesto a soltar la mano de su boca, le doy una lamida que hace que él ponga cara de asco y la aparte.
—¡Agh! ¡Eres como una pequeña bestia!
—¡Ja! Mira quién lo dice —ataco—, ¿qué estás haciendo aquí?
—Necesitaba asegurarme de que estuviese