Volver con el rabo entre las piernas me hace hervir de la ira. Es inconcebible que ese estúpido de Enzo me haya hecho esto. ¡Él debía quedarse ahí!
«Claro, y dejarse atrapar y matar por ti, ¡cómo no!», responde al fondo de mi cabeza una voz en tono sarcástico.
No puedo soportar las burlas del idiota de Sam a mis espaldas, pero me contengo de hacerle algo porque sé que llevo las de perder.
Cuando llegamos de nuevo al hotel, me encierro en la habitación con un azote de la puerta. No quiero escuch