Capítulo 3

 

La amable anciana no mintió cuando les dijo que ella los llevaría. Les permitió cargar sus pertenencias en el coche y Emma se sentó en el asiento del copiloto a pesar de las expresiones de enfado de su hermano.

Ethan era demasiado sobreprotector con ella, siempre lo había sido, pero desde que su madre falleció ese comportamiento se incrementó de forma considerable.

Al parecer, a su hermano la adorable anciana le causaba escalofríos y solo accedió a que los llevara porque no tenían otra opción. En algún momento, no supo precisar si habían pasado minutos u horas desde que entraron al coche, ambos se quedaron dormidos.

Fue muy extraño, al menos lo era para su hermano ya que él no bajaría tanto sus defensas como para caer en un sueño profundo, pero Emma lo achacó al cansancio del viaje desde Pensilvania a Alaska. Cuando abrió los ojos, el paisaje que había a su alrededor ya no era el de la ciudad.

Se encontraban en mitad de las montañas, en una carretera estrecha y con una vista de riscos y nieve que cubría todo lo que estaba a la vista. La temperatura había disminuido de forma considerable y no pudo evitar llevarse las manos a los labios para calentárselas con su propio aliento.

—Ya hemos llegado —dijo la anciana y se dio la vuelta para tocarle la rodilla a Ethan y despertarlo—. Desde aquí continúan solos, pero no tiene pérdida.

Emma miró a través de las ventanas del coche y regresó su visión a la anciana.

—Pero aquí no hay nada… —Se frotó la garganta para intentar disimular el manojo de nervios en el que se estaba convirtiendo. De solo pensar que iban a dejarlos abandonados en mitad de aquella montaña nevada para morir de hipotermia, le hacía sentir unas inmensas ganas de echarse a llorar.

Su hermano parpadeó, abrió los ojos y dio un brinco al darse cuenta de que se había dormido. Observó a su alrededor y su primer impulso fue acercase al asiento frente a él y colocarle una mano en el hombro. Sabía que intentaba decirle sin palabras que él la iba a cuidar, solo que era complicado creer que en ese instante su hermano se convertiría en algún superhéroe que los sacara de allí como por arte de magia.

—Para los ojos correctos Silvershade Summit se mostrará —murmuró la anciana con una risita nada halagüeña, después sostuvo dos gorritos de lana y le dio uno a ella y otro a su hermano—. Ponédselos para que puedan ocultar su cabello.

Emma lo tomó y no dudó un instante en colocarlo sobre su cabeza porque se moría de frío, su hermano fue más reticente, pero al ver que ella le hacía señales para que no fuera tan grosero y aceptara el regalo, acabó por acceder.

—Muchas gracias, la verdad es que tengo bastante frío y ya no siento las orejas —balbuceó Emma a la vez que la anciana se acercaba a ella y comenzaba a esconder los mechones sueltos de su cabello debajo del gorro—. ¿Está segura de que es aquí? Tal vez mis ojos no sean los correctos y tenga una miopía tan agravada como para no ver otra cosa que nieve.

—O la demencia senil la hizo equivocarse de camino —murmuró su hermano—. Eso o que es una homicida que aprovecha sus arrugas para atraer a sus víctimas y llevarlos hasta a la nada para después asesinarlos a sangre fría, pero eso no ocurrirá en mi guardia. Conmigo se equivoca, ancianita del demonio.

Ethan no vio venir el golpe, la mujer le golpeó en la frente con la palma de su mano abierta y después comenzó a carcajearse.

—Me agradas, es bueno que seas desconfiado. —A la anciana no pareció importarle el comportamiento de su hermano, ella tomó su pequeño bolso, lo abrió y sacó de él una foto en la que se mostraba una cabaña pequeña, pero que se veía muy acogedora—. Aquí vivirán, solo tienen que seguir el camino a la izquierda y podrán verla. La he mantenido intacta para cuando llegaran.

Emma sostuvo la foto que le mostraba, pero fue incapaz de mirarla porque estaba perdida en las palabras de la anciana.

—¡¿De qué está usted hablando?! ¿A qué se refiere con que vamos a vivir ahí? ¡Señora, usted desvaría! Aquí no hay nada —se quejó su hermano, pero la anciana lo calló solo con su mirada.

Por más que Ethan intentaba abrir la boca para continuar despotricando, no podía.

—Tu hermana me llamó antes de venir para alquilar mi cabaña —dijo la mujer con toda la naturalidad y Emma abrió los ojos con asombro.

—¿Qué yo qué? —jadeó, y de pronto, la anciana le tocó el brazo, la miró con intensidad y el recuerdo de haberla llamado y acordado con ella alquilar esa cabaña se aferró con fuerza en su mente—. Qué raro, cómo pude olvidarlo, tiene razón, yo la llamé.

—¿Emma, estás segura? —balbuceó Ethan que parecía haberse liberado de lo que fuera que lo mantenía en silencio.

—Sí, eso creo —respondió sin estar muy conforme con las palabras que escapaban de su boca.

—Vayan, que se hace tarde y ya esperé demasiado. Recuerden, solo sigan recto y cuando vean el pueblo continúen por el camino de la izquierda y llegaran sin mayor problema. —La mujer le colocó a Emma una llave de tamaño considerable y que no parecía que abriera una cerradura actual.

Era de hierro y bastante pesada.

Con renuencia salieron del coche, tomaron sus pertenencias y dieron unos pasos hacia la dirección que la mujer les indicaba. Emma iba a regresar sus pasos para decirle a la anciana que allí no había nada y pedirle que los llevara de vuelta a la estación, pero su hermano la agarró del brazo y la incitó a continuar el camino.

—No pienso regresar con esa loca, no importa si tenemos que refugiarnos en una cueva y cazar un mamut.

—Los mamut se extinguieron, Ethan, será mejor que regresemos, seguro se confundió.  —Al dar el siguiente paso, sintió cómo pasaba una barrera invisible y frente a ella un bonito pueblo de montaña se alzó frente a sus ojos—. ¡¿Pero cómo es posible?!

Ambos miraron hacia atrás para decirle adiós a la anciana, pero cuando lo hicieron se dieron cuenta que del coche y de ella ya no quedaba rastro.

—Esa mujer es lo más raro que me encontré en mi vida —masculló su hermano—, pero al final tenía razón, hemos llegado. Solo espero que de verdad exista esa casa porque aquí en confianza, se me están congelando las bolas.

                                                                                ***

Asher sintió el cambio en el ambiente desde antes de que su beta irrumpiera en su casa con el rostro desencajado por la preocupación.

—¡Alfa! —gritó y se detuvo frente a él con la respiración agitada—. La barrera mágica ha sido vulnerada, unos intrusos consiguieron traspasarla.

Tras las palabras de su beta, Asher se quedó en silencio. Tenía muchas preguntas, quería saberlo todo, pero por unos instantes se sintió incapaz de hablar.

La última vez que alguien pudo entrar o salir de Silvershade Summit, el hogar de su manada, fue hace ciento cincuenta años y todo por una m*****a bruja despechada. Esa mujer no se conformó con provocar que el antiguo alfa no tuviera descendencia, además se ensañó con todos los que vivían allí negándoles el derecho de encontrar a su pareja destinada.

Nunca deberían haber permitido que una bruja viviera en sus tierras, esos seres eran desleales, mentirosos y todo lo que tocaban lo destruían. Una sola mujer había sido la culpable de que su manada estuviera en decadencia, de que cada vez murieran más jóvenes y todo por el error de aquel alfa que no fue capaz de guardarse su calentura.

¡Revolcarse con una bruja! ¡Qué horror! Por suerte, el abuelo de Asher retó al alfa para apropiarse del liderazgo de la manada y desde ese momento ese honor había recaído en su familia.

Él nunca aceptaría a una bruja en su vida, aunque eso rompiera la maldición. ¿Cómo podría fiarse de las palabras de una mujer de esa calaña? Si había sido capaz de condenar a toda su gente por las acciones de uno solo, todo lo que pudo salir de su boca solo fue una mentira.

—Alfa, ¿me escucha? —su beta volvió a hablar al ver que Asher no reaccionaba—. Ningún ser puede traspasar la barrera mágica, nadie puede entrar o salir, excepto la bruja que romperá la maldición.

Asher sintió que cada vello de su cuerpo se encrespaba y los colmillos de su lobo luchaban por emerger para transformarse. Solo escuchar nombrar a esa bruja le provocaba una rabia que no podía controlar.

Llevaba escuchando esa historia desde que tenía recuerdos y no podía creer que su manada tuviera puesta toda su esperanza en la llegada de la misma clase de ser que los maldijo.

—¡No la necesitamos! —gritó y su beta dio un paso atrás al ver como sus ojos verdes cambiaban de color y se volvían dorados—. En ciento cincuenta años nadie conoció a su pareja destinada y sobrevivimos. No lo necesitamos, cuando haga la ceremonia de unión con Astrid el resto de la manada verá que es posible vivir sin encontrar a su mate.

—Pero alfa…

—¡No hay más que hablar! —gritó fuera de sí.

Asher más que nadie quería que la maldición se rompiera, no soportaba a Astrid, pero ella era la mejor opción. Era una de las lobas más fuertes, su familia siempre había sido leal y le parecía atractiva, pero cada vez que se le acercaba moviendo sus exuberantes caderas y llamándolo «mi amor», deseaba arrancarle la cabeza.

No podía explicar su reacción, pero su lobo se negaba a aceptarla porque sentía que estaba dándole un lugar que no le correspondía, pero si lo que su beta decía era cierto y por fin alguien había logrado traspasar esa barrera, significaba que sería él quien tendría que sacrificarse para que la maldición se rompiera.

Haría muchas cosas por salvar a su manada, pero formar un vínculo con una m*****a bruja no estaba entre ellas.

Asher pudo ver que la alegría que su rostro había mostrado cuando llegó a su casa para darle la noticia, mutaba a una expresión de tristeza y aceptación. Su beta nunca rebatiría sus órdenes, aunque no estuviera de acuerdo con ellas.

—Entonces, ¿qué quiere que hagamos con los intrusos? —preguntó—. Los vieron dirigirse a la casa de la bruja.

—¿Intrusos? ¿Hay más de uno? —Su beta asintió con la cabeza.

—Un hombre y una mujer, ¿quiere que los detenga y los traiga para interrogarlos? —ofreció, pero por la forma en que lo pronunciaba parecía estar rogando que no se lo pidiera—. Quizá podríamos vigilarlos, alfa y ver qué tan peligrosos pueden ser. No sentí magia en ellos.

Asher gruñó, fue un sonido que escapó directo de su pecho. Desde que había sentido las nuevas presencias su lobo estaba inquieto y no había dejado de luchar en contra de su transformación. Al ver que ya era incapaz de controlarlo, algo que nunca le había ocurrido ni cuando tuvo su primer cambio, miró a su beta y dijo:

—¡Yo mismo iré! —bramó y justo después, su ropa quedó desgarrada en el suelo por la abrupta transformación.

Su lobo corrió, enloquecido y empujado por una fuerza extraña hacia el lugar que todos evitaban, la casa de esa bruja. Puede que allí ya no viviera nadie, pero ver que ni el paso del tiempo provocaba que la estructura se estropeara era un recordatorio constante de la maldición.

Era increíble como aquella propiedad parecía mantenerse por sí sola, como si su ocupante la hubiera abandonado el día anterior y no hace más de un siglo. Incluso el huerto estaba cuidado y parecía replantarse solo.

Conforme la distancia se acortaba, su lobo parecía cada vez más incontrolable. Usó toda su fuerza de voluntad para detenerse de forma abrupta cuando visualizó a una mujer frente a la puerta de la casa de la bruja.

Cuando su lobo la vio, sintió unos deseos insanos de querer saltar sobre ella… Y montarla. ¡¿Cómo era posible?! La sensación era tan inquietante que se sentía incapaz de detener los movimientos de su cola como si fuera un perrito dándole la bienvenida a su amo.

La mujer se agachó para recoger la nieve del suelo e hizo una bola con ella para lanzársela en la espalda a un hombre que se encontraba inspeccionando el lugar.

—¡Mira, Ethan! —gritó y su risa resonó en el aire al ver que la bola de nieve le pegaba en la cabeza a su acompañante.

¿Ese hombre sería su pareja? El pensamiento provocó que su lobo abandonara el estado de felicidad en el que se encontraba y comenzara a gruñir con el deseo de acabar con ese tal Ethan. Antes de que lo llevara a cabo, Asher tomó el control y volvió a transformarse en humano, no sin antes necesitar mucho esfuerzo.

Desnudo, arrodillado en la nieve y furioso porque su miembro se encontraba alzado, endurecido y dispuesto a saludar a esa mujer a la que ya aborrecía sin conocerla, se levantó del suelo sin importarle su falta de ropa y gritó:

—¡¿Quiénes son y qué hacen en mi territorio?! —Asher, que solo tenía ojos para la mujer que tenía enfrente, pudo esperar muchas reacciones de ella menos la que tuvo al fijarse en él.

Con un enorme gorro de lana y una bufanda que casi le cubría todos sus rasgos y tan abrigada como si el clima de aquel lugar fuese demasiado para ella y tuviera que envolverse en mil capas de ropa, la vio llevarse las manos al rostro para ocultar un grito tras ellas, para después bajarlas, mirarlo con la boca abierta y decir:

—Madre santa de todos los penes enormes, es el leñador con el siempre soñé.

Capítulos gratis disponibles en la App >

Capítulos relacionados

Último capítulo