Los muelles del puerto del sur, que apenas unos días atrás habían sido el escenario de una batalla desesperada contra la marea negra, se habían transformado en un gigantesco astillero a cielo abierto. Las órdenes de la reina Elena resonaron con la fuerza de un decreto divino: el Imperio de la Luna de Sangre no se quedaría esperando el próximo embate del Abismo; cruzaría el océano occidental para destruir el portal desde su propia raíz.
Bajo la supervisión directa del capitán Thorson y los maes