Capítulo 36.
Capítulo 36
Arya.
El tiempo se estiró como una cuerda a punto de romperse mientras Elian, con la inocencia que solo un niño de cinco años posee, corría por el sendero hacia nosotros.
Al ver a Dorian, se detuvo a escasos metros, con sus ojos grises brillando de pura curiosidad, mismos ojos que eran una réplica de los del hombre frente a él.
Un nudo invisible se atoró en mi garganta al ver a mi hijo frente a su padre.
Dorian parecía haber olvidado cómo respirar. Su rostro, que antes era una máscara de furia, se desmoronó. Sus ojos se hundieron y toda su existencia se redujo ante el pequeño cachorro que lo observaba fijamente.
—¡Elian, vuelve con Elara! —grité, mi voz saliendo como un rugido desesperado.
Pero Elian no se movió. Inclinó la cabeza, observando a Dorian con esa familiaridad genética que me erizó la piel.
—Tú eres el gigante que estaba en la cama de mamá —dijo Elian, con una naturalidad que me hizo querer desaparecer—. Ya no te ves tan enfermo. ¿Vas a volver a tu casa?
Doria