Capítulo 23.
Capítulo 23
Dorian.
En la frontera del norte la lluvia torrencial de la madrugada borraba cualquier rastro físico que el suelo hubiera podido retener.
Me detuve frente al muro de piedras que marcaba el fin de mis tierras. Mis botas estaban hundidas en el pantano, y mis manos, desnudas y entumecidas, se aferraban a las riendas de mi caballo con una fuerza que hacía crujir el cuero.
—Alfa, tenemos que regresar —dijo Caín desde atrás—. Los caballos no aguantarán este frío sin refugio, y los rastreadores han perdido el rastro hace kilómetros. El agua lo ha limpiado todo.
No respondí. No podía. Mis ojos escaneaban el horizonte gris, buscando un movimiento, una sombra, un jirón de tela que me dijera que ella seguía allí.
Pero solo había vacío.
Morvak, mi lobo, se había hecho un ovillo en un rincón oscuro de mi mente. No rugía, no me daba direcciones. Me había dado la espalda.
—¡Alfa! —Caín se acercó, obligando a su caballo a ponerse a mi par—. No sabemos hacia dónde se dirigió. Pudo ir al