Desde entonces, Sofía sentía que cada vez que sus abuelos la miraban, solo podían pensar en la muerte de sus padres. Por ese mismo temor, ya no se atrevía a hablarles, pues temía que la odiaran.
—Pero Sofía, el accidente no fue algo que pudieras controlar, ¿no es así? —le dije con el corazón encogido mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
—Ese día, estuvieras o no en el auto... —continué— Nada habría podido evitar lo que sucedió. No es tu culpa —la abracé con fuerza—. Tú también eres una ví