A Livia le costaba respirar. El mundo a su alrededor parecía desvanecerse hasta convertirse en un murmullo lejano, como si cada sonido y cada aliento hubieran sido absorbidos por aquella verdad devastadora que resonaba en sus oídos.
Su propia madre… su madre acababa de confesarlo.
—No… —susurró con voz temblorosa y los ojos muy abiertos por la incredulidad, mientras negaba con la cabeza una y otra vez—. No… mientes. Tú no hiciste esto… tú no serías capaz…
Sus rodillas flaquearon, y el suelo frí