Al caer la noche, se dirigieron hacia la casa de Florita. Beta y Gamma iban sentados en la parte delantera, mientras que en la parte trasera, Aldus sostenía a Livia con fuerza entre sus brazos.
Ella temblaba violentamente a pesar de estar envuelta en gruesas mantas; la fiebre ardía con tal intensidad que todo su cuerpo se sacudía por la debilidad.
“Livia… deja de llorar”, susurró Aldus, acariciándole suavemente la espalda con la mano.
El calor emanaba de su cuerpo como fuego, y cada sacudida de