Inicio / Romance / EX, Tu Novia Abandonada ya no te Quiere / Capítulo 5: Un café con amenazas
Capítulo 5: Un café con amenazas

La cena terminó entre risas forzadas y miradas preocupadas de Lorenz. Recogimos la mesa juntos y, mientras lavábamos los platos, él me abrazó por detrás, apoyando la barbilla en mi hombro.

—Me quedo esta noche —susurró, besándome el cuello—. No quiero irme. Mañana es sábado, podemos dormir hasta tarde, preparar desayuno juntos…

—Lorenz, estoy muy cansada —respondí, girándome entre sus brazos con una sonrisa débil—. De verdad necesito dormir.

Él me miró con esa ternura que me desarmaba y negó suavemente con la cabeza.

—No me importa. Solo quiero estar cerca de ti. Déjame quedarme, mi vida. Te prometo que no te molestaré.

No encontré fuerzas para insistir. Asentí y él sonrió, satisfecho. Nos duchamos juntos, él me enjabonó la espalda con caricias suaves y me besó bajo el agua caliente. Después nos metimos en la cama. Lorenz me atrajo contra su pecho y me acarició el cabello hasta que su respiración se volvió profunda y regular. Se durmió temprano, como siempre después de un día largo.

Yo, en cambio, no pude pegar ojo.

A las once y media me levanté con cuidado, me vestí con lo primero que encontré y e pantuflas hasta la sala. Dejé la puerta del apartamento entreabierta para que si Emilan llegaba, no tocara el timbre y despertara a Lorenz, solo una rendija, y me senté en el sofá en penumbras, con el corazón latiendo tan fuerte que parecía que iba a despertarlo. Cada minuto que pasaba aumentaba mi nerviosismo. Miraba el reloj, miraba la puerta, me mordía las uñas. No quería que Emilian tocara el timbre. No quería que Lorenz se despertara.

Pasaron casi cuarenta minutos cuando escuché pasos firmes en el pasillo. Me levanté de un salto y abrí la puerta antes de que llamara.

Emilian estaba allí, grande, imponente, con la misma expresión oscura de siempre.

—No es el momento —susurré angustiada, saliendo al pasillo y cerrando la puerta casi por completo detrás de mí—. Lorenz está aquí, durmiendo adentro. Él no sabe nada de esto. Por favor, vete.

Emilian se tensó visiblemente. Su mandíbula se apretó y sus ojos grises se volvieron fríos como acero.

Él dio un paso más cerca, invadiendo mi espacio personal. Su presencia era abrumadora.

—Vine a hablar de mi hija, Elara. Ahora mismo.

El aire se me quedó atascado en los pulmones. ¿Hija? Durante trece años yo había cargado el dolor de haber perdido un hijo, y ahora él hablaba de una hija con esa certeza absoluta.

Asentí rápidamente, nerviosa.

—Está bien, pero no aquí. Espérame abajo. Bajaré en un minuto.

Cerré la puerta con cuidado, me aseguré de que Lorenz siguiera dormido y me puse un abrigo. Salí sin hacer ruido.

Bajamos en silencio hasta el café que quedaba a dos cuadras, uno pequeño que cerraba tarde. Nos sentamos en una mesa del fondo. Emilian pidió un café negro. Yo ni siquiera pude pensar en tomar algo.

—Emilian… —empecé, con la voz temblorosa—. Perdí al bebé. A las pocas semanas. No hubo ningún hijo ni ninguna hija. Lo perdí sola, en un hospital, mientras tú habías desaparecido. Por eso necesito que dejes de venir a mi casa. Tengo una vida ahora. Tengo a Lorenz. Por favor, respeta eso.

Él se quedó mirándome fijamente durante varios segundos. Luego soltó una risa corta, amarga, sin ninguna alegría.

—No te creo, Elara.

—¿Qué?

—No te creo —repitió, inclinándose hacia adelante. Sus ojos grises brillaban con una mezcla de dolor y determinación—. Sé que tuve una hija contigo. Tengo pruebas que nadie más conoce. Y voy a descubrir qué m****a pasó realmente.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—Emilian, te estoy diciendo la verdad…

—Y yo te estoy diciendo que no me iré hasta saberla completa —interrumpió, con voz baja pero firme—. Ni de ti, ni de mi hija.

El silencio que cayó entre nosotros fue denso, cargado de todo lo que aún no habíamos dicho.

Yo solo podía pensar en Lorenz durmiendo arriba, confiado, amoroso… y en cómo mi pasado acababa de sentarse frente a mí, más vivo y peligroso que nunca.

Él se quedó mirándome fijamente, sin parpadear. El café negro humeaba entre nosotros, intacto.

—¿Por qué ahora? —le reclamé, inclinándome hacia adelante con rabia contenida—. ¿Por qué después de trece malditos años decides aparecer queriendo ser un padre y ver a “tu hija”? —hice comillas con los dedos al decir la palabra, cargada de sarcasmo y dolor.

Emilian apoyó los antebrazos sobre la mesa, su mirada gris clavada en mí.

—Porque creí que estaban bien —respondió con voz grave—. Me dijeron que habías tenido a la niña, que estabas bien. Durante trece años viví con esa mentira, Elara. Preferí quedarme lejos pensando que mi hija tenía una madre que la cuidaba, antes de arriesgarme a destruirles la vida.

Sentí un nudo en la garganta, pero no me detuve.

—¿Y qué te hace pensar que no estamos bien?

Emilian soltó una risa corta, baja y peligrosa. Sus ojos brillaron con algo parecido a la victoria.

—Entonces lo estás admitiendo… Sí tenemos una hija.

Me quedé helada por un segundo. Rodeé los ojos con fastidio, exasperada.

—Dios, Emilian…

—Ese gesto —dijo él, señalándome con el dedo, la voz más ronca y oscura—. Eso siempre me ha sacado de quicio de ti. Cada vez que rodeas los ojos como una mocosa malcriada que necesita un par de nalgadas para aprender a comportarse.

El calor me subió por el cuello. Maldito fuera. Todavía sabía exactamente cómo desestabilizarme.

—El motivo por el que ahora quiero estar presente —continuó, ignorando mi reacción—, no te incumbe. Pero escúchame bien, Elara, no voy a permitir que ningún otro hombre esté cerca de mi hija. Ni tu Lorenz, ni nadie. Esa niña es mía. Y voy a estar ahí para ella.

Su tono no admitía discusión. Pero no era el mismo Emilian de siempre, ahora era dominante, posesivo, implacable.

Me levanté de golpe, con las manos temblando.

—No hay ninguna niña, Emilian. Lo perdí. Y aunque no lo creas, tienes que respetar mi vida. Tengo a alguien que me ama de verdad, que no desaparece, que no me deja sola con un embarazo a los veinte años.

Él también se levantó, mucho más alto que yo, y dio un paso rodeando la mesa. Su presencia me envolvió como siempre.

—Puedes seguir repitiéndolo cuantas veces quieras —murmuró cerca de mi rostro—. Pero ambos sabemos que esto no termina aquí. Voy a descubrir la verdad. Y cuando lo haga… nada ni nadie me va a apartar de mi hija.

El aire entre nosotros estaba cargado, eléctrico. Por un segundo sentí que iba a besarme o a agarrarme del brazo. En cambio, dejó dinero sobre la mesa y me miró una última vez.

—Dile la verdad a tu novio, antes que lo haga yo. 

Se dio la vuelta y salió del café. 

La actitud inquebrantable de Emilian me hizo sentir, por un instante fugaz, como si mi hija aún pudiera estar viva; sin embargo, sabía que eso era imposible, y esa certeza avivó de nuevo el dolor y la ira de haberla perdido. —¡Aléjate de mí! ¡Loco arrogante y absurdo! —le grité, sin poder contenerme, mientras él se alejaba. 

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP