El coche olía a la colonia de Lorenz y a la cena de Ingrid. Ninguno de los dos habló durante los primeros minutos. Él conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en mi muslo, el pulgar dibujando círculos lentos sobre la tela de la falda. Ese gesto siempre me calmaba. Esta noche no lo hizo del todo.
—Se fue muy raro —dijo al fin, sin quitar la vista de la carretera—. Emilian. ¿Te dijo algo cuando nos fuimos a hablar con la abuela?
Negué con la cabeza. La mentira salió fácil, casi autom