Inicio / Romance / EX, Tu Novia Abandonada ya no te Quiere / Capítulo 3: La verdad que irrumpe
Capítulo 3: La verdad que irrumpe

Por un segundo dudé. Debería ignorarlo. Debería apagar las luces y fingir que no estaba. Pero algo más fuerte que el miedo, no sabía si era la rabia, curiosidad, o tal vez esa parte enferma que lo prefirió muerto antes de acepta que me había abandonado, me hizo abrir la puerta solo una rendija.

—¿Qué demonios haces aquí, Emilian?

No esperó. Empujó la puerta con fuerza y entró como una furia, casi rozándome al pasar. Cerró de un portazo detrás de él. Sus ojos grises recorrieron el apartamento con desesperación, moviéndose de un lado a otro como un animal enjaulado.

—¿Dónde está? —gruñó, con la voz ronca y cargada de algo salvaje.

Yo me quedé congelada junto a la puerta, con la mano todavía en el picaporte y el corazón latiéndome con tanta fuerza que me dolía. No entendía nada. ¿Qué hacía aquí después de trece años? ¿Por qué había entrado de esa forma?

—¿Quién? —pregunté, con la voz temblorosa—. Emilian, ¿de qué estás hablando? ¿Qué haces en mi casa?

Él se movió rápido. Abrió la puerta de la cocina, miró dentro, luego caminó hacia el pasillo revisando cada rincón con ojos enloquecidos. Empujó la puerta de mi habitación y encendió la luz como si esperara encontrar a alguien escondido.

—¡¿Dónde está?! —gritó esta vez, más fuerte, girándose hacia mí con el rostro descompuesto—. ¡Dime dónde carajos está mi hijo, Elara!

El mundo se tambaleó bajo mis pies.

Me quedé mirándolo en shock, sin poder procesar sus palabras. Mi boca se abrió pero no salió ningún sonido al principio. Sentí que me faltaba el aire.

—¿Tu… hijo? —repetí en un susurro apenas audible.

Emilian dio dos pasos hacia mí, grande, imponente, con los puños apretados a los costados. Sus ojos brillaban con una mezcla de furia, dolor y algo que parecía desesperación pura.

—¡Sí, mi hijo! —rugió, casi fuera de control—. ¡El que tuvimos juntos! ¿Dónde lo tienes? ¿Dónde lo escondes? ¡Dímelo ahora mismo!

Lo miré como si estuviera loco. El dolor de hace trece años volvió a abrirse como una herida fresca en mi pecho. Las lágrimas me subieron a los ojos sin permiso y volví a revivir todo. 

—¿De qué m****a estás hablando, Emilian? —grité de repente, con la voz rota—. ¡No hay ningún hijo! ¡Lo perdí! ¡Lo perdí a las once semanas porque tú desapareciste como un cobarde!

Él se quedó paralizado. Su rostro perdió todo el color.

—¿Qué… qué dijiste?

—¡Que lo perdí! —grité más fuerte, con lágrimas cayendo por mis mejillas.

Emilian retrocedió un paso, como si le hubiera golpeado. Su expresión se quebró por completo. El hombre furioso y dominante de hace un segundo parecía estar derrumbándose frente a mis ojos.

—No… —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Eso no puede ser… Me dijeron… me dijeron que…

—¡¿Qué te dijeron?! —exclamé, avanzando hacia él con rabia—. ¿Qué te dijeron, Emilian? ¿Que yo estaba bien? ¿Que nuestro bebé estaba bien? ¡Tú te fuiste! ¡Tú desapareciste después de jurarme que nos ibas a proteger con tu vida!

El silencio que cayó entre nosotros fue pesado, asfixiante. Emilian me miraba con los ojos muy abiertos, respirando agitado, como si acabara de recibir un disparo en el pecho.

Yo temblaba de pies a cabeza. Trece años de dolor, de culpa, de odio y de amor podrido salieron todos de golpe.

—Vete de mi casa —susurré con la voz quebrada—. Vete de una vez, Emilian. 

Pero él no se movió. Se quedó allí, en medio de mi sala, mirándome completamente confundido. Su pecho subía y bajaba con fuerza, como si le costara respirar. La furia de hace unos segundos había sido reemplazada por algo mucho más peligroso: un dolor crudo y desconcertado.

—¿Lo perdiste? —repitió en un susurro ronco, casi como si las palabras le quemaran la garganta—. ¿Qué quieres decir con que lo perdiste, Elara?

Las lágrimas seguían corriendo por mis mejillas sin control. Me limpié la cara con rabia, odiándome por mostrarme tan vulnerable frente a él.

—¿Qué crees que significa, imbécil? —le espeté, con la voz quebrada—. Que mi bebé murió dentro de mí. Que el médico me dijo con cara de lástima que no había latido. Que tuve que pasar por un aborto completo… sola. Completamente sola.

Emilian cerró los ojos con fuerza, como si cada palabra mía fuera un golpe físico. Cuando los abrió de nuevo, estaban rojos y brillantes.

—Yo… no lo sabía —murmuró, dando un paso hacia mí—. Me dijeron que habías tenido al niño. Que estabas bien. 

Lo miré con incredulidad y solté una risa amarga que sonó más como un sollozo.

—¿Quién te dijo eso? 

Emilian palideció aún más. Su mandíbula se tensó tanto que vi cómo se marcaban los músculos.

—Pasó una mano por su cabello corto, visiblemente afectado—. Me mintieron. Todos me mintieron.

—¡No me importa! —grité, avanzando hacia él y empujándolo en el pecho con ambas manos. No se movió ni un centímetro—. ¡Tú te fuiste! ¡Desapareciste tres días después de jurarme que serías el mejor padre del mundo! ¡Me dejaste sola con un embarazo que ni siquiera entendía! ¿Sabes lo que fue sentir que mi cuerpo expulsaba a mi hijo mientras yo mordía una sábana para no gritar?

Las lágrimas me ahogaban. Emilian intentó acercarse, levantar una mano hacia mi cara, pero retrocedí como si su toque quemara.

—No me toques —advertí con voz temblorosa—. No te atrevas.

—Elara… —su voz se quebró por primera vez. Ese hombre grande, duro y lleno de cicatrices parecía estar rompiéndose frente a mí.

El silencio volvió a caer entre nosotros, espeso y doloroso. Podía sentir su olor, el mismo de siempre, y eso me enfurecía aún más. Mi cuerpo traicionero aún reaccionaba a su presencia.

—Vete, Emilian —susurré finalmente, agotada—. Ya no hay nada aquí para ti. Ni hijo. Ni yo. Nada.

Él no se movió durante varios segundos. Solo me miró, como si estuviera memorizando cada detalle de mi rostro después de trece años. Finalmente, dio un paso atrás hacia la puerta, pero antes de abrirla se detuvo y dijo con voz baja y peligrosa:

—Esto no termina aquí, Elara. No te creo nada. 

Abrió la puerta y salió sin mirar atrás.

Me quedé de pie en medio de la sala, temblando, con el corazón hecho trizas otra vez. Cerré la puerta con llave y me deslicé hasta el suelo, abrazándome las rodillas.

Emilian Novak había vuelto, y con él, todos los fantasmas que pensé que había enterrado para siempre.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP