Mundo ficciónIniciar sesiónNo dormí esa noche.
Cada vez que cerraba los ojos veía los de Emilian, grises, furiosos, destrozados. Su voz ronca repitiendo “mi hijo” resonaba en mi cabeza como un eco que no se apagaba. Me levanté varias veces, caminé por el apartamento abrazándome el vientre, reviviendo ese vacío que creí haber superado.
Al amanecer tenía los ojos hinchados. Me duché con agua caliente, me puse un traje sastre gris oscuro, me recogí el cabello en un moño elegante y estaba terminando de maquillarme cuando escuché la llave en la puerta.
Lorenz entró con una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Llevaba dos vasos de café en una bandeja de cartón y una bolsa de papel con mi croissant favorito.
—Buenos días, mi vida —dijo con esa voz cálida que siempre lograba calmarme. Se acercó, dejó los cafés sobre la mesa y me rodeó la cintura desde atrás, depositando un beso suave en mi cuello—. Te ves increíble, como siempre. Pero esos ojos… ¿dormiste mal?
Me giré entre sus brazos y forcé una sonrisa. Lorenz era todo lo que estaba bien en esta vida, presente, atento, estable. Pero hoy, hoy mi cabeza estaba en cualquier lugar, menos aquí con él.
—Solo un poco de insomnio —mentí, acariciando su mejilla—. Gracias por el café, eres el mejor.
Él me besó en los labios con ternura, tomándose su tiempo, como si quisiera recordarme que estaba allí, conmigo. Y yo lo sabía, sabía que el estaba aquí para mi y que si me sentía lista para hablar, el me escucharía atento. Pero no, yo no me sentía lista para hablar de esto con nadie. Y eso me jodía mucho.
—No tienes que fingir conmigo, Elara. Si pasó algo, puedes contármelo. ¿Mis padres te dijeron algo?
—Estoy bien, de verdad. Y no, tus padres no me dijeron nada malo, fueron amables y atentos —respondí, apoyando la frente en su pecho un segundo—. Solo tengo mucho trabajo y la cabeza en unos casos.
Lorenz me entregó mi café, estaba exactamente como me gustaba, era un latte con vainilla y un toque de canela, y me miró con esa mezcla de amor y preocupación que me hacía sentir protegida.
—Te amo —dijo, rozando mi mejilla con el pulgar—. Esta noche preparo la cena para ti y vemos una película. Nada de trabajo, ¿de acuerdo?
Asentí, sintiendo una punzada de culpa en el pecho. Salimos juntos, y le di un último beso de despedida con el corazón pesado.
Llegué al bufete intentando actuar con normalidad. Revisé contratos, atendí una reunión y respondí correos como la profesional que era. Me había graduado con honores en Derecho después de reconstruir mi vida desde cero. Nadie imaginaba el infierno que había atravesado para llegar hasta aquí.
Terminé mi jornada sin más interrupciones. Revisé los últimos correos, firmé unos documentos pendientes y salí del bufete a las seis y media exactas, con el maletín pesado y el corazón aún más.
El trayecto a casa lo hice caminando, necesitando aire fresco. El encuentro de anoche con Emilian seguía revoloteándome en la cabeza como un mal sueño que no terminaba de disiparse. Pero me repetía una y otra vez: “Tengo una vida. Tengo a Lorenz”.
Cuando llegué al apartamento, me quité los tacones nada más cruzar la puerta y me serví una copa de vino tinto. Me dejé caer en el sofá, con las luces aún apagadas, y di un sorbo largo, dejando que el líquido cálido me relajara un poco los nervios. Solo necesitaba unos minutos de silencio antes de que él llegara.
No pasaron ni veinte minutos cuando escuché la llave en la cerradura. Lorenz entró cargando dos bolsas grandes del supermercado, con esa sonrisa que siempre parecía iluminar todo el espacio.
—Mi vida, ya estoy aquí —dijo con voz alegre. Cerró la puerta con el pie y dejó las bolsas en la isla de la cocina. Sus ojos se posaron en mí de inmediato y su expresión se suavizó—. ¿Estás bien? Te ves cansada.
Se acercó al sofá, se inclinó y me dio un beso lento y profundo en los labios, de esos que me recordaban por qué me había enamorado de él. Cuando se separó, me acarició la mejilla con el pulgar, mirándome con tanta ternura que sentí que se me aflojaba algo dentro del pecho.
—Solo fue un día largo —murmuré, apoyando mi mano sobre la suya.
Lorenz me miró un segundo más, como si pudiera leer entre líneas, pero no presionó. En cambio, sonrió suavemente y me besó la frente.
—Entonces hoy me encargo de todo. Traje filetes de salmón fresco, espárragos, esos tomates cherry que te gustan y una botella de ese Chardonnay que tanto te encanta. Voy a prepararte una cena que te va a hacer olvidar el día horrible.
Se quitó la chaqueta, se arremangó la camisa y se puso manos a la obra en la cocina. Lo observé desde el sofá mientras servía otra copa de vino y se la llevaba a él. Lorenz cortaba los vegetales con precisión, ponía música suave de fondo y de vez en cuando me miraba por encima del hombro con esa mirada llena de amor.
—Ven aquí —me llamó, extendiendo una mano—. Prueba esto.
Me levanté y me acerqué. Me pasó un trocito de salmón marinado. Mientras lo probaba, él me rodeó la cintura con un brazo y me atrajo contra su pecho.
—Delicioso —dije.
—Tú eres más deliciosa —susurró contra mi oído, y me besó el cuello con lentitud, enviando un escalofrío agradable por mi espalda.
Lorenz era así, detallista, cariñoso, siempre pendiente de los pequeños gestos. Mientras cocinaba, me preguntaba sobre mi día, me hacía reír con anécdotas tontas de su trabajo y no dejaba de tocarme, una caricia en la espalda, un beso en el hombro, una mirada que me decía “estoy aquí, contigo”.
Nos sentamos a cenar en la pequeña mesa del comedor. La luz era tenue, el vino estaba perfecto y él no paraba de servirme, de asegurarse de que comiera bien, de mirarme como si fuera lo más importante de su mundo.
—Elara —dijo en un momento, tomando mi mano por encima de la mesa—, no sé qué te tiene así de pensativa, pero quiero que sepas que puedes contarme lo que sea. No tienes que cargar nada sola. Te amo y estoy aquí para lo que necesites. Siempre.
Sus ojos eran cálidos, sinceros. Me apretó la mano con suavidad y se llevó mis nudillos a los labios para besarlos.
En ese instante, con el estómago lleno, el vino corriendo por mis venas y Lorenz mirándome de esa forma, casi logré olvidar los ojos grises de Emilian y sus palabras de anoche. Casi, porque mientras Lorenz se levantaba para traer el postre que había comprado de camino, el timbre sonó y yo quise morirme al imaginar que podía ser Emilian.
Mi estómago se contrajo. Me levanté con el corazón latiendo fuerte y caminé hasta la puerta. Cuando abrí, ahí estaba Emilian, imponente, con esa mirada gris que parecía capaz de atravesarme.
Por un segundo el mundo se detuvo.
—No es el momento —dije rápidamente, bajando la voz para que Lorenz no escuchara desde la cocina—. Vuelve más tarde, Emilian. Por favor.
Él apretó la mandíbula, mirando por encima de mi hombro hacia el interior del apartamento. Su expresión se endureció al notar las luces tenues, la mesa puesta para dos y el aroma de la cena.
—Elara… —empezó, con esa voz ronca y peligrosa.
—No —lo corté, sujetando la puerta con fuerza—. Ahora no. Vete.
Emilian no se movió de inmediato. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me quemaba. Por un momento pensé que iba a empujar la puerta y entrar igual que la noche anterior.
Pero finalmente dio un paso atrás, aunque su mirada prometía que esto estaba lejos de terminar.
—Esto no se acaba aquí —murmuró antes de girarse y desaparecer por el pasillo.
Cerré la puerta con el corazón desbocado y me apoyé contra ella un segundo, respirando agitada.
—¿Quién era, mi amor? —preguntó Lorenz desde la cocina, acercándose con el postre en las manos.
—Nadie importante —respondí, forzando una sonrisa y caminando hacia él—. Solo alguien que se equivocó de puerta.
Lorenz me atrajo hacia sí y me besó en la frente. Yo me dejé abrazar, cerrando los ojos con fuerza.
Pero sabía que las sombras ya estaban dentro de mi casa.







