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Capítulo 5. La misma cama, mundos distintos.

Los días siguieron pasando, pero nada cambió realmente. La tensión entre ellos se había vuelto algo constante, algo que ya casi formaba parte de la rutina. Después de la discusión en la cocina, Camelia había intentado mantener las distancias. Fernando también. Y aunque dormían en la misma cama, cada noche se sentían más lejos.

Esa noche en particular, la casa estaba en silencio cuando Camelia subió las escaleras. Solo se escuchaba el leve sonido de sus pasos descalzos sobre el mármol frío. 

Fernando ya había subido antes que ella, como venía haciendo últimamente. No esperó a que terminara de recoger la mesa ni le preguntó si iba a subir. Simplemente se fue, como si el peso de estar cerca de ella le resultara demasiado.

Ella entró al cuarto principal y lo vio allí, acostado de espaldas, con la luz de la lámpara de noche encendida. Tenía el celular en la mano, pero la pantalla estaba apagada. No la miró cuando entró.

Camelia se quedó parada junto a la puerta un momento, observándolo. Tres años atrás, esta misma escena habría sido diferente. Fernando la habría esperado despierto, le habría sonreído al verla entrar y le habría extendido la mano para que se acostara a su lado. 

Ahora solo había distancia. Una distancia que se había vuelto más grande después de cada discusión, después de cada excusa, después de cada noche que él llegaba tarde sin dar explicaciones reales.

Se acercó al vestidor sin decir nada, se cambió el vestido por una camiseta holgada y se metió en la cama por el lado contrario. Se quedó de espaldas a él, mirando la ventana. El colchón era grande, pero la distancia entre sus cuerpos parecía aún más grande. Ninguno de los dos habló.

Pasaron varios minutos. Camelia sentía el calor de su cuerpo a unos centímetros, pero no se atrevía a moverse. No quería que él pensara que estaba buscando algo que claramente ya no quería darle. Cerró los ojos e intentó dormir, pero la mente no la dejaba en paz.

Recordó la primera vez que durmieron juntos después de casarse. Habían llegado tarde de la luna de miel y estaban exhaustos, pero igual se habían abrazado. Fernando la había besado en el hombro y le había susurrado al oído que no podía creer que ella fuera suya. Esa noche se durmieron entrelazados, como si el mundo entero cupiera en esa cama.

Ahora, la misma cama se sentía como un campo de batalla silencioso.

Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas otra vez. Se mordió el labio inferior para no hacer ruido, pero una lágrima se le escapó y cayó sobre la almohada. Luego otra. Y otra más. Trató de llorar en silencio, como había aprendido a hacer en los últimos meses. No quería que él la escuchara. No quería que pensara que estaba rogando con lágrimas lo que él ya le había negado con palabras.

Pero el pecho le dolía. Le dolía de verdad.

Fernando estaba despierto. No había podido dormir desde que subió. Escuchó cuando ella entró al cuarto y sintió cómo se acostaba lo más lejos posible de él. También escuchó cuando empezó a llorar. El sonido era bajito, casi imperceptible, pero para él era como si estuviera gritando.

Apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza. Quería girarse. Quería abrazarla, besarle la cabeza y decirle que todo estaría bien. Quería prometerle que algún día tendrían todo lo que ella soñaba. Pero no podía. Porque sabía que no era verdad.

Se quedó quieto, fingiendo que dormía, mientras escuchaba a su esposa llorar en silencio a su lado. Cada sollozo le clavaba una aguja en el pecho. Quería consolarla. Quería decirle la verdad. Quería pedirle perdón por ser un cobarde que prefería que ella lo creyera frío antes que inútil.

Pero las palabras se le quedaban atoradas en la garganta.

“Si le digo la verdad… ¿Me echará? ¿Me dejará? ¿Se irá? ¿Me perdonará la mentira?”

Esas preguntas lo habían torturado durante meses. Y cada vez que Camelia mencionaba tener un hijo, las preguntas volvían más fuertes. Escuchó cómo ella intentaba contener un sollozo más fuerte. Su respiración se entrecortaba. Fernando sintió que algo se rompía dentro de él.

Casi se gira. Casi extiende la mano para tocarla. Pero no lo hizo.

En cambio, se quedó mirando el techo, con los puños cerrados a los costados, odiándose a sí mismo por no poder ser el hombre que ella necesitaba.

Camelia se secó las lágrimas con el dorso de la mano y respiró hondo. Ya no quería seguir llorando. Se sentía tonta. Tonta por seguir esperando algo que claramente su marido no estaba dispuesto a darle. Se giró lentamente hasta quedar boca arriba. Miró el techo por un momento y luego, sin poder evitarlo, giró la cabeza hacia él.

Fernando tenía los ojos cerrados. Parecía dormido. Pero ella conocía esa tensión en su mandíbula. Sabía que no estaba durmiendo. Lo observó en silencio. Aún le parecía el hombre más atractivo que había conocido. Su perfil, su barba incipiente, la forma en que su pecho subía y bajaba… todo seguía atrayéndola. Pero la distancia emocional era tan grande que a veces sentía que ya no lo conocía.

“¿Qué te pasó, Fernando?”, pensó. “¿Dónde quedó el hombre que me prometió que íbamos a construir una vida juntos?”

Se quedó mirándolo un rato más. Luego cerró los ojos y trató de dormir. Aunque no lo logró.

A las tres de la mañana, Camelia seguía despierta. Se levantó con cuidado, sin hacer ruido, y salió del cuarto. Bajó a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se quedó apoyada en la isla, mirando hacia la oscuridad del jardín.

Se llevó una mano al vientre, como había hecho esa misma noche en el comedor. Quería ser madre. Lo deseaba con toda el alma. No era solo un capricho. Era algo que sentía en lo más profundo de su ser. Quería cargar un hijo suyo. Quería ver a Fernando sosteniendo a su bebé. Quería esa familia que siempre había soñado.

Pero si él seguía negándose… ¿Qué iba a hacer?

No quería obligarlo. No quería tener un hijo con un hombre que no lo deseaba. Pero tampoco quería renunciar a su sueño.

Se quedó allí varios minutos, perdida en sus pensamientos, hasta que escuchó pasos bajando las escaleras.

Fernando apareció en la cocina. Llevaba puesto solo un pantalón de pijama gris. Tenía el cabello revuelto y los ojos rojos. Se detuvo al verla.

—¿No puedes dormir? —preguntó con voz ronca.

Camelia negó con la cabeza.

Él se quedó callado un momento. Pareció querer decir algo, pero al final solo abrió la nevera, sacó una botella de agua y se sirvió un vaso. La tensión entre ellos era espesa.

—Fernando… —dijo ella bajito.

Él se tensó.

—No quiero seguir hablando de eso esta noche —respondió rápido, como si ya supiera lo que ella iba a decir.

Camelia sintió que algo se le rompía por dentro. Bajó la mirada al vaso que tenía en las manos y respiró hondo. Ya no quería seguir callando. Ya no quería seguir esperando.

—Está bien —dijo con voz más firme de lo que esperaba—. Creo que es tiempo de ser honestos de una vez.

Fernando la miró, sorprendido por el cambio en su tono.

Camelia dejó el vaso sobre la isla y lo miró directamente.

—He esperado mucho, Fernando. Más de lo que debería. He esperado que las cosas cambiaran, que volvieras a mirarme como antes, que dejáramos de lado esta distancia que cada día es más grande. He esperado que algún día quisieras hablar conmigo de verdad, que me explicaras por qué te niegas tanto a tener un hijo, que me dieras al menos una razón real. Pero no ha pasado nada. Solo excusas, silencios y más distancia.

Fernando abrió la boca para decir algo, pero ella levantó la mano para que la dejara terminar.

—Estoy cansada —continuó, y su voz se quebró un poco—. Cansada de vivir así. Cansada de sentir que estoy sola aunque duerma a tu lado. Cansada de rogarte por algo que parece no importarte. Esta no es la vida que yo quería. No es la vida que soñé cuando me casé contigo. Me cansé de esperar, de tener esperanza y de que todo siga igual. Ya no quiero seguir así.

Se quedó callada un segundo, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas que ya no intentaba contener.

—Quiero el divorcio, Fernando.

Las palabras cayeron pesadas entre los dos. Fernando se quedó completamente quieto, como si le hubieran quitado el aire. La miró con una expresión de dolor y pánico que ella no le había visto nunca.

—Camelia… —intentó decir, pero la voz le salió ronca.

—No —lo interrumpió ella, sacudiendo la cabeza—. No quiero más promesas vacías ni más “déjame explicarte”. Ya esperé demasiado. Ya me cansé.

Se limpió una lágrima que le cayó por la mejilla y respiró hondo.

—Quiero el divorcio —repitió, más bajo pero con la misma firmeza—. Y no pienso cambiar de opinión.

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