Capítulo 111. El secreto en el pasillo.
El cerrojo de hierro encajó con un chasquido seco.
Elías soltó la manija de la puerta. Se apoyó contra la pared del pasillo y echó la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos un segundo. Respiraba con dificultad. Su pecho subía y bajaba con agitación, como si acabara de correr una maratón y no de interrogar a un prisionero amarrado.
Se pasó el dorso de la mano por la boca.
El dolor en el labio inferior era punzante. Retiró la mano y miró sus nudillos. Estaban manchados de rojo oscuro. La mordida del