Liam retiró la pierna con frialdad, liberando la mano de Fernando de su zapato de cuero. Sin pronunciar una sola palabra, se dio la vuelta y salió de aquella habitación en penumbra, dejando atrás al hombre mayor, que seguía desplomado en el suelo lamentando su destino.
Juan, que esperaba cerca de la puerta, siguió de inmediato los pasos largos de su jefe hacia el estacionamiento.
Liam se detuvo junto a su sedán negro y luego miró a su secretario y asistente personal.
—Juan, usa otro automóvil.