Era la tercera vez que Gracia miraba el reloj esa noche. Maximilien le había prometido que llegaría temprano, pero no lo había cumplido. Aun así, ella decidió aprovechar el tiempo, se duchó con calma, aplicó una crema de aroma embriagador sobre su piel y peinó su cabello con esmero. Eligió una de las pijamas más elegantes del vestidor y, decidida, se sentó en la cama a esperarlo. Se sentía realmente nerviosa, pero las palabras de María resonaban en su mente, recordándole el compromiso que había