26. Mía hasta la eternidad
Turbada, aunque incapaz de poder rechazarlo, Marianné recibió a Remo en su boca como si siempre lo hubiese estado esperando.
Fue un beso casto, sin malas intenciones, uno que despertaba en ella nuevas emociones.
Jamás había sido besada, verdaderamente besada, pero fue tal cual lo imaginó en sus pensamientos más reservados. Él sabía a fresco, a limpio, era una mezcla entre la menta y el rastro de un whisky caro, y lejos de molestarle, le gustaba, le gustaba muchísimo.
Remo, por su lado, vibró